Capítulo 2: LA VIDA CORTESANA





TARROS DE BOTICA DE QUINA CON EMBLEMA IHS DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS 


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El biógrafo de Salumbrino refiere que en 1581 entró a servir al palacio del conde Alejandro Aurelio Mansel. Un noble romano muy importante. Quizás el arzobispo Carlos Borromeo o los propios jesuitas de Milán lo recomendaron.


Salumbrino destacó al servicio del conde y pronto llegó a sobresalir entre todos los sirvientes convirtiéndose en el de mayor confianza. Lo que no es de extrañar. Recordemos que a los diecisiete años era un joven educado en gramática latina, humanidades, algo de matemáticas y quizás incluso en retórica. Además de recibir la buena crianza de los jesuitas del Colegio de Brera.






Estaba capacitado para aportar a la gestión de los negocios del conde, dar consejos, gobernar a los sirvientes, administrar sus bienes, realizar tareas, como llevar la correspondencia con estilo y hasta en latín, mantener las cuentas en orden y cuidar del patrimonio de su amo.


Apreciamos en el joven Salumbrino los rasgos de inteligencia y personalidad que lo caracterizarían durante toda su vida; el ser alentado y despierto, de buena habilidad y vivo ingenio, como lo describe su biografía.


El conde le cobró afición, tuvo gran confianza en él, comunicándole sus secretos. Se valía de sus talentos para negocios de importancia. Pronto se convirtió en el criado más influyente.


Alejandro Aurelio estimó también su honradez, apartado de vicios, con cuyo ejemplo se reformaba su palacio. Era freno a los mozos y aliento de virtud para los viejos. Salumbrino puso orden en el palacio, lo cual no fue del agrado de otros sirvientes. Su desempeño causó la envidia y el rencor de estos, pues venía a poner en riesgo la continuación de sus deshonestidades.


La vida le sonreía; estaba ilusionado con la posibilidad de adquirir con el tiempo honra y hacienda. Quizás frecuentar a la misteriosa dama que aparece en su biografía, que un día le alcanzó una manzana en una de las huertas del conde y cuya imagen nunca se borró de su memoria. La historia la cuenta su biógrafo de la siguiente manera: Le sucedió un día, siendo seglar, ir con el conde Alejandro su señor a un jardín adonde había mucha fruta y aunque los otros criados la vendimiaban, como fuesen los de palacio, el recatado mancebo no extendió la mano a cosa alguna de la huerta. Viendo una dama que a la sazón estaba allí ella le alcanzó una manzana del árbol, pero no con mala intención. El la recibió por no mostrarse esquivo y descortés con quién le hacía el favor. Y acaso al tomarla tocó su mano la suya y tuvo tanto dolor de esta acción y de haber tocado la mano de la mujer que lloró este pecado toda su vida.

Quienes conocieron a Salumbrino y participaron en la elaboración de su biografía debían saber que tras esta anécdota había una historia importante, que por alguna razón no detallaron. 

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Un asesinato cambió el destino de Salumbrino. Una mañana hallaron muerto a un gran caballero sobrino de Gregorio XIII. No se sabía quién o cómo se cometió el delito. La familia de la víctima que provenía de Bolonia quedó muy afectada.


El Papa ordenó una severa investigación. Lo que significaba que las autoridades de policía y magistrados debían encontrar a los culpables en el más breve plazo. Tarea nada fácil pues el Estado Papal era un lugar peligroso, plagado de salteadores de caminos, sicarios, asesinos, aventureros y gente de mal vivir que tan pronto cometían una fechoría y se sentían acechados se refugiaban en otra parte de Italia.

Quizás por la prisa en encontrar un culpable para contentar al Papa y su familia, la sospecha recayó en el conde Alejandro Aurelio con quien la víctima mantenía un reñido enfrentamiento. El conde, como todo hombre prominente tenía enemigos. Nadie en Roma con honra, poder y riqueza estaba exento del riesgo de amanecer asesinado.
De inmediato se procedió a capturar al conde y sus criados, empezando por Salumbrino por ser el principal de ellos. En su biografía no se registra el lugar en que fue detenido. Sin embargo en el Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús de O´Neill y Domínguez se consigna que fue acusado de homicidio en Ravena y llevado preso a Roma. Desconocemos la fuente en que se basa esta última afirmación. Los acusados fueron encerrados e incomunicados en las torres entre el castillo de San Ángelo y la plaza de San Pedro, en uno de los barrios de Roma más afectados por la malaria.
                                                                    
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En las noches de verano y principios del otoño se hacía visible en el cielo romano Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Perro. Era el tiempo más temido por la propagación de las fiebres palúdicas. Algunos atribuían al astro ser la causa de las emanaciones malvadas, el mal aire de los terrenos pantanosos.
Eran los tiempos del reinado de Gregorio XIII. El Papa que exhibía en su escudo de armas un dragón bajo las llaves plateada y dorada, la del poder temporal y la del cielo. En los meses de mayor calor los pudientes abandonaban la ciudad y se iban a las montañas huyendo de la enfermedad. Al pueblo sin embargo, no le quedaba otra opción que permanecer y enfrentar con resignación su destino en el valle del río Tíber. Desde tiempos inmemoriables los pobres son las víctimas favoritas de los gérmenes. La población en Roma a fines del siglo XVI era de noventa mil personas, menos de la décima parte de la que había en los tiempos de Jesucristo y del Imperio Romano. La malaria, endémica en la ciudad, contribuyó a esta mortandad.

Las zonas populares bajas de la ciudad estaban más expuestas a las fiebres. Por esta razón con el papa Sixto V, sucesor de Gregorio XIII, se llevó a cabo el traslado de asentamientos humanos hacia las colinas. Se sabía que era una cuestión importante de salud pública aunque no la razón exacta. Siglos después se conocería, los mosquitos portadores del Plasmodium no vuelan muy alto.
Los desbordes del río Tiber en temporada de lluvias, la existencia de cientos de pequeñas lagunas y fuentes en la ciudad así como de huertas en las casas, eran factores que favorecían la multiplicación de los mosquitos y por tanto el riesgo de la malaria.
A los campesinos en los alrededores de Roma les iba sin duda peor. Ellos debían trabajar al aire libre, entre los terrenos anegados y por tanto más expuestos a contraer la enfermedad. El riesgo era mayor en cultivos que requerían de trabajos en verano y otoño. Particularmente grave era la situación de aquellos que vivían en el entorno de las Lagunas o Pantanos Pontinos al sur de la ciudad. El papa Sixto V contrajo la malaria supervisando las obras que emprendió, sin éxito, para drenar estas Lagunas por salubridad y para ampliar la frontera agrícola de Roma.
La malaria en el campo perjudicaba gravemente el cultivo de trigo y por tanto la provisión de pan. Cuando se desataba la epidemia de fiebres, los campesinos migraban a la ciudad y decrecía la producción de alimentos con la consiguiente hambruna.
Entre tanto, Carlos Borromeo arzobispo de Milán y cardenal de Roma ajeno a los sucesos que cercaban a Salumbrino, emprendió en 1584 una visita a las villas y ciudades de la arquidiócesis. Partió al este hacia Novara, Masserano y Vercelli, atravesando una extensa área pantanosa, dónde contrajo la malaria. En esa estación del año, todavía pululaban los mosquitos en los terrenos anegados. El año anterior había estado luchando contra los herejes calvinistas y hecho quemar en la hoguera a once brujas en el Valle de Melsocina en el país de los grisones.



Vista de la Tor di Nona, prisión cerca al Hospital del Espíritu Santo. Tempera en pergaminos siglo XVII de Gaspar van Wittel
                                                             
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Salumbrino compareció ante un juez en la cárcel, con asistencia del fiscal y el notario. Le tomaron el juramento con la mano sobre la Biblia. Fue su descenso al infierno. Debió ser uno de los primeros en declarar, reservándose al conde Alejandro Aurelio para cuando los magistrados tuvieran mayor conocimiento de lo acontecido por las declaraciones de los demás inculpados así como de los testigos. Esto no solo por la técnica del interrogatorio sino por consideración al conde, un poderoso caballero de la nobleza romana al que se le debía dispensar un trato especial. No aparecen referencias a que haya sido maltratado o torturado como sí lo fue Salumbrino, quizás incluso cumplió prisión domiciliaria y no en un calabozo.

Los magistrados romanos sabían tomar sus precauciones. Tratándose de un conflicto entre dos grandes familias poderosas, el propio Gregorio XIII en algún momento mediaría y empezarían las negociaciones en la cúpula que definirían la suerte final de los acusados. Ningún juez querría ganarse una enemistad con el conde Alejandro Aurelio, entre otras razones porque sabían que en algún momento no lejano moriría el Papa y habría en Roma una nueva corte. Nadie podría vaticinar quienes entonces estarían arriba y quienes abajo. En efecto el sucesor de Gregorio XIII fue su enemigo político Sixto V.


Con el joven Salumbrino no había problema en aplicar el procedimiento de rigor. No era noble, rico ni poderoso. En el proceso de selección natural en el marco de la evolución biológica de la especie humana, versión policial y judicial, diríamos que era una célula débil y poco importante de la que llegado el caso se podía prescindir. La injusticia al igual que la malaria prefiere a los indefensos. Según las respuestas que daba el juez iba exigiendo más detalles. Si no los recordaba le llamaba la atención conminándolo a contestar sí o no.

A su vez, la autoridad interrogaba a los otros sirvientes y a los testigos entre ellos a los parientes de la víctima. Su biógrafo nos informa que aquí fue donde la envidia de los otros desfogó el fuego de indignación que tenían reprimido, porque aprovechando la ocasión le cargaron la culpa, juraron contra él y acriminaron el delito.

Recibida la acusación de algunos criados del palacio del conde contra Salumbrino su interrogatorio se hizo más severo. En algún momento el Juez lo conminó a decir la verdad bajo apercibimiento de someterlo a suplicio.

Era difícil resistir una batería de preguntas de una corte papal, no solo por la intensidad de la misma sino porque la tortura era la espada de Damocles que pendía sobre la cabeza del acusado. Sin embargo, Salumbrino siguió sosteniendo su inocencia.


Fue entonces que lo condenaron a tormento. En teoría este era un recurso extraordinario al que podía recurrir el juez ya estando el proceso avanzado, habiéndose acopiado pruebas e indicios sin que el inculpado haya confesado. La decisión debía estar sustentada, aunque esto era más un mero formulismo y no una garantía efectiva para el acusado; menos en este caso en que los magistrados iban apurados por la necesidad de satisfacer las expectativas familiares de Gregorio XIII.

El suplicio consistía por lo general primero, en desnudar al reo, momento en que el juez le hacía preguntas motivando su confesión y dándole una última oportunidad. Luego se procedía a colgar al reo de los brazos de una soga en una polea un cuarto de hora o media hora, difícilmente se podía aguantar una hora sin sufrir el desgarramiento de los miembros.

Estando por concluir el juicio le debieron dar a Salumbrino unos pocos días para preparar su defensa. Luego, vista la probanza con la acusación de los testigos fue condenado a muerte pública. La sentencia le fue leída ante el Tribunal.

Habiéndose comunicado el fallo, la ejecución de la pena en la Roma palúdica era cuestión de horas o de pocos días. Sería traslado al puente de San Ángelo para entregarlo al verdugo en el tablado. El joven Salumbrino, recién cumplidos los veinte años de edad, esperaba su ajusticiamiento acusado de un crimen que no cometió. Miraba su vida en un hilo, preso de la desesperación.

Era en estas circunstancias que aparecían en la prisión los miembros de turno, por lo general dos, de la Confraternidad de laicos de San Giovanni Decollato conocidos también como Della Misericordia con el propósito de confortar al condenado y prepararlo en el arte del buen morir.

La Confraternidad procuraba que el condenado aceptara que si bien iba a perder su cuerpo con ello iba a acrecentar las posibilidades de salvar su alma. Para esto debía conformarse con su suerte. Asimismo, debía perdonar a todos aquellos que lo llevaban a la muerte, a sus enemigos, la policía, los magistrados y al verdugo. Su misión era lograr que el reo asumiera la figura de un mártir, aun cuando hubiese sido un criminal; con mayor razón aun si se consideraba inocente y víctima de una injusticia. La posibilidad de llegar al cielo como el Buen Ladrón, sin siquiera pasar por el purgatorio, estaba cerca. Esto siempre y cuando aceptara su destino así como Jesucristo se resignó al suyo.

El confesor oficial en Roma en el caso de una ejecución, era por lo general un jesuita. Él participaba en dar fuerzas y ánimo a la víctima. Encontró en la prisión romana a un joven que no necesitaba transitar por la vía purgativa de la primera semana de los Ejercicios Espirituales, la estaba viviendo en carne propia y con sus cinco sentidos.

Le fue difícil aceptar la idea de morir joven, en la primavera de la vida. Sufriendo el tormento de los recuerdos felices, como el de la joven del jardín tomada de su mano. Sin embargo, como ocurría con frecuencia, la preparación mental y espiritual surtió efecto. Narra su biografía que Salumbrino primero lloró sus pecados, conformándose con la voluntad de Dios, sin volverse contra los jueces, ni contra los que le perseguían. Paradójicamente, años después le tocó a Salumbrino salvar a Roma enviando a esa ciudad las primeras remesas de quina. Si la justicia romana lo hubiese eliminado como chivo expiatorio otro hubiera sido el futuro de la población que se preparaba a ejecutarlo. 
                    
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Sin embargo algo inesperado ocurrió a último momento. Los jueces dejaron sin efecto el castigo, Agustín Salumbrino fue absuelto y el conde Alejandro Aurelio y demás criados salieron libres. Su experiencia fue igual a la de aquellos que sufren un ataque al corazón y quedan por un momento frente al portal que separa la vida de la muerte. Algo impidió que lo cruzara.

Su biógrafo atribuye este final feliz a la intervención divina. Escribe: Vino la Reina de los Ángeles del cielo y glorificó con su luz aquel oscuro calabozo y mostrándose visible le habló como el ángel a Cristo en Getsemani diciéndole que no temiese, porque sería cierta su libertad y le sacaría de aquel trance victorioso; que se acordase de aquella merced que le hacía y le fuese agradecido.  

Uno de los primeros en recibir la noticia de la teofanía fue el padre Maborola, rector del Colegio Romano, según consigna su biografía inicial (podría tratarse mas bien del padre Próspero Malavolta, que fuera rector del Colegio de los jesuitas en Mantua y a quien habría conocido por su relación con San Luis Gonzaga) Durante los siglos siguientes las historias de la vida de Salumbrino de la Compañía de Jesús reproducen esta información sobre la aparición de María reconociendo a éste el privilegio de haber sido de los pocos de la orden que experimentaron estas visiones no uno sino muchas veces en su vida.


Dos décadas después cuando Salumbrino se encontraba en la enfermería y Botica de San Pablo en Lima su biógrafo afirma que estas misteriosas apariciones ocurrían por lo menos dos veces por semana. En la historia de los jesuitas es uno de los pocos a quienes se le reconoce haber presenciado a Nuestra Señora, para algunos la manifestación femenina de Dios (para otros simplemente el principio de lo femenino) al lado de santos como Ignacio de Loyola, Estanislao Kostka (novicio que muere de malaria antes de siquiera cumplir los dieciocho años) y Luis Gonzaga, de cuya relación con Salumbrino trataremos en el Capítulo 5.

Esta obra no pretende ser una hagiografía de Agustín Salumbrino, por tanto no nos detendremos en el hecho religioso. Cabe destacar sin embargo que las apariciones de la Virgen María a Salumbrino tienen ciertas particularidades que la distinguen de todas las otras que narra la tradición cristiana. En primer no se le aparece a un personaje de gran inocencia, vida sencilla y virtud. Por más que sus biógrafos que lo conocieron hagan esfuerzos por insinuar lo contrario, el joven Salumbrino no era ninguna santa paloma pues participaba de la vida cortesana de Roma como compañero de aventuras de un noble romano. Hemos visto también que en Milán no mostró mayor inclinación por los asuntos religiosos. Según su biografía lloró sus pecados cuando estuvo a punto de ser ejecutado.   

La aparición no tiene tampoco como propósito sacralizar un lugar en particular o una figura con la representación de María, tampoco para anunciar un cambio político (malo para algunos bueno para otros) o una catástrofe natural. No sirve para transmitir un mensaje celestial o espiritual para reafirmar dogmas o principios de fe. En el caso de Salumbrino el propósito de la primera aparición fue la de establecer un pacto, yo te salvaré la vida y tu cumplirás una misión. El contenido ni los detalles de la tarea le son comunicados, sin embargo para su realización se le facilita la liberación de una celda de muerte. Todas las manifestaciones posteriores deben haber sido una reiteración pues nada nuevo nos dicen.

Si buscáramos en la religión una explicación a la extraña concatenación de acontecimientos que se dieron en el curso de la vida de Salumbrino empezando por esta que hemos narrado,  seguro se llegaría a la conclusión que la divinidad a través de las recurrentes apariciones de la Virgen María guió al jesuita a la identificación de la cura de la malaria, causando así un mega-milagro en el planeta Tierra.   

Vamos a ensayar una aproximación más terrenal sobre lo que pudo haber salvado la vida del joven Salumbrino, no sin decir que a veces los hombres podemos ser peores que los demonios. En algo se parecía Roma al reino de Judá que denunció el profeta Miqueas: Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas adivinan por dinero. No obstante, también debemos advertir que lo material a menudo, por no decir siempre, se conecta misteriosamente con lo espiritual tanto que es difícil distinguir un aspecto del otro. Uno más bien da lugar al otro confirmando que en el fuego se purifica el oro como reza el Eclesiástico. 

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Paralelamente al juicio hubo aproximaciones y negociaciones entre las poderosas familias involucradas y allegados a ellas, en las que seguro participó el propio Papa. Esto es lógico tratándose de un conflicto entre dos familias importantes siendo una la del propio Pontífice. La biografía parece confirmar lo dicho al señalar que el conde Alejandro Aurelio ofreció gran suma de dinero por su vida, pero fue sin fruto porque como el muerto era tan gran caballero, y pariente tan cercano del Pontífice, no se dio oídos a la composición ni a perdón.

En este orden de ideas, es posible que finalmente se llegara a un acuerdo económico con el conde Alejandro Aurelio, ya cuando el verdugo esperaba impaciente a Salumbrino. Esta era una manera en que el Estado Pontificio se procuraba en ocasiones de recursos. Quizás también se forzó una transacción entre la familia del conde y la familia del Papa. Quizás la primera propuesta económica del conde fue consideraba insuficiente y mediante el juicio se ejerció presión para que la mejorara. En buena cuenta, una negociación monetaria de cuyo resultado pendía la cabeza de Salumbrino.

Da la impresión que a través de Salumbrino se quiso incriminar al conde Alejandro Aurelio, sin éxito. Sin embargo él permaneció fiel al conde y a la verdad a pesar de las torturas. El conde le guardó gran afecto por esto. Después del juicio montó en furia cuando se enteró de su decisión de ingresar a la Compañía de Jesús, pero no logró cambiar su opinión a pesar de las promesas y ofrecimientos que le hizo.

Otra posibilidad, no excluyente de la primera que hemos sugerido, es que Carlos Borromeo haya abogado ante Gregorio XIII para la liberación del conde Alejandro Aurelio y demás criados, con el apoyo de los jesuitas. Un año antes de morir, a fines de 1583, el arzobispo fue a Roma a entrevistarse con Gregorio XIII, que era su amigo de muchos años. El Papa lo esperaba para tratar con él dos asuntos muy graves uno que tocaba a la ciudad de Bolonia, precisamente de dónde provenía su familia y el sobrino asesinado; otro, referente a un conflicto entre dos grandes príncipes de Italia que le tocaba a él resolver. La intervención de Carlos Boromeo, a quien Salumbrino le debería la vida, explicaría la devoción que tuvo por él el resto de su vida.

La acusación contra Salumbrino no tenía sustento, era grotesca. Fue la víctima de un sistema policial y judicial perverso basado en la tortura, que arbitrariamente decidía quien era culpable y quien inocente. Un instrumento poco cristiano, en manos del poder omnímodo del Papa de turno que privaba de garantías al prisionero en casos como este.  Si no hubiese habido una plena convicción en la inocencia de Salumbrino, Carlos Borromeo y la Compañía de Jesús, muy cercanos a Gregorio XIII y al rey de España, nunca lo hubiesen acogido luego en el Colegio de Brera en Milán ni años más tarde los jesuitas hubiesen admitido su ingreso a la orden, siendo tan escrupulosos como eran en la selección de sus miembros. Tampoco le hubiesen confiado el cuidado del príncipe Luis Gonzaga, como veremos más adelante, miembro de la familia gobernante de varios poderosos estados independientes del norte de Italia.

Mientras todo esto ocurría en Europa los ejércitos del Plasmodium lejos de estas miserias humanas, se las habían ingeniado para llegar al Nuevo Mundo para conquistarlo y continuar su implacable cacería. El microbio posiblemente hizo sus primeras incursiones con Cristóbal Colón. Sin embargo estos no fueron sino pequeños e iniciales ataques. Su gran oportunidad de entrar con fuerza se dio con los esclavos traídos del África a América. En la historia de la humanidad ninguna expedición naval fue más letal que la del Plasmodium.


Bibliografía del Capítulo 2

-STEFANO INFESSURA, Diario Della Citta Di Roma, Instituto Storico Italiano, Roma 1890
-JUAN PEDRO GUISSANO, Vida de San Carlos Borromeo, Madrid, 1626
-ALONSO DE ANDRADE, JUAN EUSEBIO NIEREMBERG, Varones Ilustres en Santidad, Tom. V, Madrid, 1666
-FRANCISCO XAVIER FLUVIA, Vida de S. Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús, Tomo II, Barcelona, 1753
-CHARLES O´NEILL y JOAQUÍN MARÍA DOMINGUEZ, Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús, Tom. IV, Madrid 2001
-ROBERT SALLARES, Malaria and Rome, History of Malaria in Ancient Italy, Oxford, Nueva York, 2002
-CHRISTOPHER F. BLACK, Italian Confraternities in the Sixteenth Century, Cambridge University, 2003
-THOMAS V. COHEN y ELIZABETH S. COHEN, Words and Deeds in Renaissance Rome, Toronto, 2005
-NICHOLAS TERPSTRA, Catechizing in Prison and on the Gallows in Renaissance Italy: The Politics of Comforting, Toronto 2008
-COMUNI DI FORLI, Le Origini DellÁssistenza Sanitaria, Forlí



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